
Pasadas las cuatro décadas Sonia había echo una sola cosa en la vida. Cuidar de sus ancianos padres. La tradición decía que si la primogénita no se casaba debía hacerse cargo de cuidar a los patriarcas hasta el día de su muerte. De formación absolutamente católica cumplió con su cometido. Nunca tuvo una pareja, nunca dio un beso ni menos tocó a hombre alguno que no fuera su padre, claro está, para enjabonarle los pies y cortarle las uñas. Ahí estaba, abandonada a su suerte, más sola que un montón de nada, compadeciéndose frente a un espejo. Sus kilos demás, su vestido floreado y sus lentes anticuados no tenían el estilo necesario para buscar nada parecido a una compañía. Un gato callejero era el único y distante compañero, que maullaba frente a la casa por un tazón de leche caliente. La poca instrucción que sus padres le dieron frente al tema sexual, fue una de las pocas herencias que Sonia ligó, junto con una casa clase media, con sillones floreados, flores de plástico en la mesa de centro y muebles del año de la cocoa. Su único contacto con la realidad eran las salidas en metro al cementerio, donde se sentía impertinente, entre tanto tatuaje, pearcing y ropas de vanguardia. Siempre miraba al piso, como queriendo evadir la realidad, que la vida se le había pasado entre cuatro paredes, atendiendo las mañas de dos viejos que cuidó con esmero.
Su programa único y favorito eran las noticias de canal nacional. Un Chile casi sin violencia, donde todo anda bien, proclive al gobierno, por tanto su percepción era que todo “Crecía con Igualdad”. Pero un día cometió la osadía de no apagar la televisión a las 21 horas, como de costumbre, como lo hacía su padre y se topó con la más ardiente de las películas chilenas. Francisco Perez – Bannen ofrecía ante la pantalla toda su humanidad (generosa humanidad) y los ojos de la solterona quedaron prendados en esa pantalla. Nunca- jamas- en su vida había visto un hombre desnudo. Tanto le gusto la gracia del actor de TVN que decidió endurecer papel húmedo, conocido como Papel Maché, y darle la forma cilíndrica de el artefacto en cuestión. Cómo no le quedó claro como era, sólo se limitó a hacerlo “descabezado”, hasta tener referencias de cómo era en verdad. Por lo tanto sacó 50 mil pesos de los ahorros de su madre y compró un televisor nuevo. No contenta con esto llamó a la compañía de cable para solicitar instalación.
Con el cilindro ya echo, faltaba literalmente “la punta del iceberg”. No falto mucho para que un canal argentino exhibiera una película pornográfica en que un hombre acariciaba con afán su humanidad y fue en ese momento en que la neoninfa comenzó a terminar su obra maestra.
Una vez seco el “mamarracho” le agregó son pelotas de pingpong con “la gotita”, le puso unos pedazos de lana negros que había en la casa y remató con una mezcla de pinturas para pañitos, de los que había muchos en su casa, que combinó rojo con amarillo, dando un tono casi naranjo.
Cuando este secó, ella tomó en sus manos la creación más perfecta del universo. Sus pupilas se dilataron como nunca, y sus manos acariciaban la “herramienta hechiza” con placer y ternura. Lo bautizó como Penito, y se sentaba a la mesa y le ponía un puesto, le tejió un gorrito de lana, se acostaba con él, lo duchaba, lo peinaba. En ocasiones mechas hacia arriba, otras peinado tradicional. Hasta gel le compró.
Con el tiempo Penito sería su único amigo, el gato pasó a un segundo plano, y por más que maullara ya no había leche, y mucho menos atención para él. Se convirtió en su confesor. En las noches se despedía con un besito, lo arropaba. Nunca lo mal utilizó, más bien era su fiel compañero.
Llegó la primera cuenta de cable y ella no tenía dinero para pagar. Empezó a buscar entre sus pertenencias y lo único vendible era una antigua pistola, en mal estado, que había sido de su padre. Esa noche, junto a Penito vieron una película calentona, donde la frase de la protagonista “hazme el amor” quedó dando vueltas en su cabeza.
Al otro día se duchó, se vistió con el mismo vestido de poliéster, zapatos de medio taco, medias oscuras, pelo tomados, lentes, si depilarse nuevamente el bigote y con los mismos kilos demás.
Desayunó junto a su mascota tiesa, lo echó a su cartera, junto la pistola en desuso que iba a vender. Tomó el metro y fijó la mirada en el bulto de un hombre de joven que vestía jeans ajustados. El hombre, muy agraciado, iba de la mano con una atractiva morena, delgada y bienechita. Un fogoso y apasionado beso los despidió, la morena bajó del metro y la aglomeración hizo que la solterona quedara justo delante de él. Suena el celular y en el intento por sacar el móvil, él pasa a rozarla con las manos, diciendo disculpe. En ese momento la solterona experimentó una sensación que jamás había tenido. Sus pechos comenzaron a arder, como la vez que había metido por accidente las tetas a la sopa, y su entrepiernas comenzó a tener un ritmo más allá de lo normal. Él respondió el teléfono. Era otra mujer que lo llamaba. La conversación telefónica se puso algo caliente, por lo que el bulto del hombre, que estaba justo detrás de la solterona comenzó tratar de escaparse entre el calzoncillo. Ella empezó a sentirlo, y sus hormonas por primera vez hacían su trabajo. Un suspiro recorrió todo su cuerpo mientras él hablaba por teléfono. “En media hora estoy en tu casa chanchita, voy como toro, espérame que te llevo la tremenda sorpresita”, le decía, mientras, por primera vez ella le era infiel con el pensamiento a Penito. No aguantó más y cuando Él bajó del metro, ella lo siguió. Salieron ambos de la estación, ella con algo de cuidado sacó la pistola, fue por atrás de él y le dijo “hazme el amor”. Él pensó que era una broma, pero cuando miró a la solterona decidida le dijo “que es esto”, ella respondió “una pistola y si no me haces el amor te voy a matar, ¿entendiste?”. Él dijo “pero yo soy casado”, ella dijo “pero tienes una amante, te vi besarte con una y ahora ibas donde otra”, él dijo, “ese es mi negocio, yo no se nada”, ella dijo “me culiai o te mato”. Ante el determinante argumento no le quedó más que sonreír, mientras ella llevaba la pistola disimuladamente en su espalda, buscaron una habitación de hotel. No tardaron en llegar.
Una vez ahí ella se desnudó rápidamente. Él le dijo “terminemos luego esta historia”, ella le pidió que se sacara la ropa, cuando esta en boxers, ella se tapó los ojos. Cuando él descubría su pene, ella se puso a llorar, se puso una bata que había en el baño y salió llorando del lugar, con la ropa y la cartera en la mano. En la calle tomó el armatoste de papel maché y se lo regaló una quinceañera que deambulaba por el ahí.
1 comentario:
....adore este cuento...y el de ser humano....:D
sep.....adoro como escribes, de verdad...
GRN TRABAJO :)
besitos
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