Sangre de mi sangre


El Lexotanil había hecho cierto efecto. Bruno estaba en ese estado entre la somnolencia y lucidez, donde afloran los sentimientos más íntimos, los miedos, ese kilómetro intermedio entre los brazos de Morfeo y las patadas de la realidad. Ignoraba por soberana desidia que quien pretende controlarlo todo termina dominado por sus miedos, y es en este punto de inflexión que las imágenes paganas y santas se mezclan para desnudarnos con cuidadoso decoro lo que nos agobia.

Hasta ese día sus tópicos eran la oficina, algunos problemas matrimoniales, deudas y cosas ya cotidianas y absolutamente asumidas, de esas que pasan a ser un tipo de enfermedad con el que se aprende a vivir en armonía.

Pero esa noche sus figuras fueron distintas, quizá lo que más quería y más ignoraba se hacía parte de sus pensamientos de letargo. Era su hijo y una sensación potente en el pecho. Un dolor físico y mental que comenzaba exactamente donde acababa su paz.

Diego había salido media hora antes con 4 amigos al cumpleaños de 15 de una compañera de curso. Bruno vio en un segundo la imagen de su hijo muerto, tuvo en su nariz la sensación de sangre y en el pecho una amargura pocas veces experimentada.

Desde chico Bruno supo que los padres dañan, muchas veces sin saberlo, y esto le hizo alejarse de su hijo, una vez que los intereses de ambos se distanciaron.

Era más bien un tipo gris, enchapado en la nada misma, sin matices, predecible e iracundo, lo que lo alejaba de su hijo, más bien sensible y altamente sociable.

Se despertó con esa sensación, e intentó volver a dormir, pensando en que si llamaba a su hijo o lo iba a buscar, la relación se iba a poner aun más invisible.

Cerró los ojos, y se mentalizaba en que los padres siempre dañan a sus hijos, incluso sin notarlo.

No fueron más de diez minutos que logró conciliar el sueño, y su saliva se mezcló en el almohadón con la sangre de su nariz. No podía sacarse la sonrisa de su hijo de la cabeza y decidió ir a tomar agua.

Cuando llegó a la cocina vio el teléfono de Diego en la mesa del pan y comenzó a preocuparse en serio.

El pecho se le comenzó a apretar cada vez más, al punto que le arrancó un par de sucias lágrimas. Decidió buscar en su agenda el teléfono de la compañera, sabía que alguna vez lo había anotado.

Mientras hojeaba recordó que no sabía donde estaba su hijo, sólo que había ido a un cumpleaños y que le había pasado ocho mil pesos para un regalo.

Decidió despertar a su señora y preguntarle donde estaba Diego. Definitivamente estaba en la casa de Marioly. Tomaron el teléfono, Bruno preguntó por su hijo, pero un comensal con algunos pitos en las neuronas respondió, quizá desde la profundidad del simplismo, que Diego estaba en el cielo.

Esto lo alteró aun más, y su sensación fue una sola, su hijo se iba a morir. Sus labios se secaron, y en el espejo frente a la cama vio el resto de un hombre zambullido en el más absoluto, puro e incontrolable pavor.

Tomó la bata de levanterse, las llaves del auto y fue a buscarlo.

Diego había probado un poco de ponche y le dolió el estómago, decidió dejar la fiesta, no era su ambiente y prefería irse, con la misma sonrisa de siempre.

Despavorido llegó Bruno, insultando a todo el mundo y preguntando por su hijo. Ya sabía que le había dañado, pero la sensación de muerte podía más.

Rápido bajó la mamá de Marioly, le pidió que se calmara, le ofreció ropa para que se tapara, pero el se negó y salió a buscar a su hijo.

En la salida a Bruno se le habían caído las llaves de la casa.

Diego caminó lento, compró papas fritas y una Coca Cola y siguió el camino a casa. Ya no le dolía el estomago.

Bruno comenzó a manejar rápido, con los ojos exorbitados, buscando por todos lados, preguntando si habían visto a un niño de unos 15 años. Nadie lo tomó en serio, hasta que se acordó que tenía una foto de él en el auto.

Diego caminó con tranquilidad, más calmado que nunca, cómo si se tratara de un encuentro celestial.

Bruno, al no encontrar a su hijo decidió buscar su otro objeto perdido, las llaves, que ya no estaban en sus bolsillos.

Llorando, con miedo, manejó a toda velocidad. Eso hizo que la foto de Diego terminara en el piso del auto.

Diego tomaba un sorbo de Coca Cola, el último de la botella, mientras cruzaba la calle.

Su padre se agachó a recoger la foto, perdiendo la vista del camino. Cuando la cogió, sintió un golpe en la delantera del auto y la sensación de sangre que tenía se mezcló con el ambiente.

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