La fuerza de la costumbre


Todos lo odiaban en su justa medida. Pero ese llamado por teléfono a sus hijos y nietos caló profundo, como una dega helada que penetra los tejidos y se retuerse, dañando todo lo que se le cruce en el camino.

Era el viejo abuelo, canoso, desgarbado, ni la sombra del imponente hombre que un día logró estatus y un orgullo a toda prueba.

Ochenta años, dos meses, veintitres días y algunas horas llevaba en este mundo. Un infarto repentino lo dejó postrado en una cama, su enfermera, única compañía se habñia encargado de llamar a sus tres hijos y ocho nietos.

Los pronósticos más alentadores hablaban de no más de un par de horas para el adios definitivo.

Pese a que nadie quería al viejo, todos, por costumbre, acudieron al llamado, como una especie de ejercicio de limpieza de conciencia por haberlo abandonado.

Por su parte el viejo estaba dormido, sientió un rayo partir su pecho y de ahí la lucidez comenzó a ser echada de menos.

Despertó por el lúgubre pitido del medidor de latidos, en su cama, la que por años compartió con su vieja querida, la misma que aguantó sus mañas, sus arranquesd de histeria, su machismo recalcitrante,por costumbre, hasta el día en que no pudo más y se fue antes que él.

Criado a la antigua, severo, se esmeró en hacer las cosas como quizo, nunca escatimó en descalificaciones ni menos en agresiones, con tal de hacer respetar su autoridad.Por costumbre, como de costumbre.

Cuando sus hijos eran chicos los querían, cuando adolescentes lo respetaban y cuando adultos lo terminaron odiando. En navidad le enviaban un regalo o lo invitaban a la cena familiar, sólo por costumbre, y él para no perder la costumbre refunfuñaba por cualquier cosa. Que la comida está salada, que a la ensalada le falta vinagre, que los niños de ahora. Quizá los únicos que lo miraban con curioso cariño eran sus nietos, quienes no conocen aun de costumbres.

Se acostumbró a vivir en soledad, sus finanzas se hicieron escuálidad y la pensión que se les entraga a los viejos miserables,por costumbre, resultó servir para pagar una enfermera que lo cuide y asista

La costumbre hace pensar que ella lo odia, y tiene razón, pero es su trabajo, lo de costumbre.

Cada una de sus nueras le pareció indebida para sus dos hijos varones y su único yerno siempre fue mirado en menos. Por lo tanto la costumbre obliga a que haya odio y dolores no sanados.

A su mujer se encargó de alejarla de su propia familia. La costumbre dice, tu mujer es sólo tuya y de nadie más.

Pero despertó de su infarto y vió a todos rodeándolo. Cuando abrió los ojos un hielo recorrió la espalda de su hijo mayor y una leve sincronía hizo que sus ojos y los de su padre recordaran los instantes en que fueron felices. Padre e hijo, pero hace muchos años jugando a la pelota, o curándole una herida luego de haberse caído en bicicleta, no había más para recordar.

Cuando miró a su hija vino el recuerdo de la primera comunión, los helados los domingos en la plaza. Nada más

Su hijo menor se acercó a acariciar su mano. Siempre buscó resonancia en los sentimientos de su padre, pero este se encargó de matar cada uno de los intentos.

Sus nietos tenían una pena genuina, de esas que traspasan la garganta, esa anguistia que se siente y que es transversal a los ojos, la boca y el cuerpo en general.

El viejo trataba de mirar atrás y la imagen visual fue ver caminos interrumpidos por su orgullo, por la pena y la prepotencia. Mentalmente elevó una plegaria para tener más tiempo para volver a jugar con su hijo mayor, para un nuevo helado con su hija o simplemente para acariciar la mano de su conchito.

En ese momento sintió que su corazón pedía descanso. Ya había latido 72 veces por minuto, 60 minutos cada hora, 24 horas por día, trescientos sesenta y cinco dias por año, ochenta años, dos meses, veintitres días, nueve horas, once minutos y algunos segundos. Había acompañado cada mal rato, cada arrancada de orgullo, todo por costumbre, porque el gran señor no podía ser menos, porque había que respetarlo, casi como que por el hecho de ser él tenía la impronta del respeto ganada. Pero su corazón era precisamente el que sabía que cada pena lo hundía más, que cada vez que levantaba la voz disminuía su felicidad.

No entendía cómo llegó a ser odiado y poco querido, habiendo dedicado su vida a construir un castillo de naipes que el soplo del orgullo logró estrellar contra el suelo.

Sintió el remezón y pidió al cielo al menos podir decir "lo siento", pero sus labios se bloqueron y con su último suspiro quedó guardado ese arrepentimiento que tanto necesitaba y nunca logró exteriorizar.

Sus cenizas fueron lanzadas en el desierto y ochenta años, dos meses, veintitres días, nueve horas, once minutos y cincuenta y nueve segundos de existencia se mezclaron con la arena.

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